Soy una princesita

Con motivo del día de la mujer, Sofi nos pidió que escribiéramos acerca de este día y sobre lo que significa ser mujer. Rápidamente, mi cabecita alborotada comenzó a dar vueltas sobre qué podía aportar. Pensé una y mil veces. La cabeza se me estaba fritando cuando, de la nada y como chispazo Divino, se me prendió el coco y me pude sentar a escribir.

Querido, lector: este post es bastante informal, como yo; es una entrada cotidiana, como yo; un escrito que, con un lenguaje muy “fresco”, como el mío, pretende describir una realidad muy personal. Admito que casi no me le mido a escribir porque sé que mis compañeras saldrán con otras obras de arte y diferentes a lo que hago yo: escribir tal cual se me venga a la cabeza.

Empecemos.

Para los que no me conocen, soy una mujer bastante femenina. Como me dicen en entrenamiento: soy Rosita Fresita. Me gusta el color rosado, salgo emperifollada hasta para comprar el pan y, al mejor estilo de Los Tupamaros, soy una “chica gomela”. Desde pequeña, soñé con ser reina de belleza, amaba las princesas de Disney, que siguen siendo mis personajes favoritos, y, desde mis tiernos años de infancia, he sido vanidosa a morir. Soy la consentida de mis papás y ni se diga de mis abuelos. ¡Toda una princesita!

Pero en el maravilloso mundo de Disney, hay princesas de princesas. En el primer tipo está Aurora, la Bella Durmiente, que es taaaaan delicada que el pinchazo de una rueca la deja en la mala. A Blancanieves le pasó algo por el estilo: la más bella de todo el reino, la más bondadosa y frágil, y una berraca manzana casi la deja fuera de combate. ¡Qué pereza de historias!

La cosa no para ahí. Está el segundo tipo. Mulán: se hace pasar por hombre, va a la guerra y le dicen que ella no sirve para eso, que es muy débil. Pero lo muchachita se entrena y termina dándole sopa y seco a todos. ¡Ah! Y salva a China.  También está Bella: la vieja es la más rara del pueblo porque se la pasa leyendo y no le come cuento a cualquiera. Se nota que la vieja se sabía hasta la composición química de la ostia. En resumidas cuentas: era una vieja pila.

¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? Sí, soy toda una princesa, bien rosada. Cualquiera pensaría que soy la delicada, la frágil, la que se quiebra con cualquier pinchazo de la vida. Pero he optado por ser del segundo tipo. Ser una mujer femenina no me ha impedido nada. Por el contrario, es mi esencia. El ser una mujer me ha dado los calzones para muchas cosas en mi vida: estudiar, leer, opinar, pensar, crear, escribir, soñar, cuestionar, amar.

Pero, en los últimos años, ser mujer me ha abierto las puertas a hacer algo que, todavía, muchos creen que es de hombres: practicar Taekwon- do.  Dicen que pego duro y que tengo fuerza. Dicen que entreno pesado y que soy una vieja fuerte físicamente. Dicen que soy la “grandota”.

Más allá de eso, el Taekwon- Do me ha conectado con la mejor parte de ser mujer. He aprendido que el cuerpo no tiene límites, que, así como podemos hacer flexiones de pecho completas, podemos traer hijo al mundo. He entendido lo que significa la perseverancia: podemos llegar a cinturón negro, pero también podemos cumplir con cualquier objetivo que nos tracemos. He podido entender la firmeza de nuestras decisiones: podemos romper tablas de un golpe, pero también podemos decir no cuando es no. Ser de una sola pieza.  He llegado a ver que somos seres poderosos, llenos de carisma y empatía por el otro, sensibles pero determinadas, amorosas pero contundentes.

El mejor ejemplo, que no es de Disney, es Wonder Woman, Diana Prince. Una princesa, que entrena hasta decir no más, con una moralidad firme, con empatía por el otro, lista para ir a la guerra, pero sin perder lo más valioso que tiene: ser mujer.

Sí, soy una princesa. Pero de esas que le gusta leer para conocer el mundo. De esas que no le gusta comer cuento y cuestiona todo. Esa princesita que, muy al pesar de mi madre, nunca quiso ponerse un vestido de dama antigua para Halloween, sino que soñó con ser la Power Ranger rosada. La princesita que entrena Taekwon- do porque la hace sentir empoderada de su vida, fuerte, capaz. La que pega duro, la que patea fuerte, la que le encanta romper tablas, la que goza “dándose en la jeta”, como dicen mis tías, en un combate. Pero sin dejar de ser femenina, amorosa, tierna, empática, rosada y, casi, casi, de cuento de hadas. Sin dejar de ser hija, hermana, periodista, amiga. ¡Sí, soy una princesita!

Por eso, en marzo, celebro a todas las mujeres. A todas las que hacen “tareas de hombres” y se conectan con su femineidad. Celebro a cada una de mis compañeras de entrenamiento porque me han enseñado que la fortaleza está en la cabeza y que juntas somos más fuertes. Que, así como en Wonder Woman, somos “las amazonas”. Celebro a mi madre, a mis tías, a mis abuelas, a mis amigas, a mis primas. Celebro nuestra berraquera, nuestra tenacidad, la firmeza, el poder.

 

 

Y con mi femineidad a flote, me despido.

 

Besos en las nalgas.

 

MaleCoPi

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